La hermosa elocuencia de ‘Paterson’ o cuando fluyen los mecanismos de Jarmusch

Paterson es la más reciente cinta de ficción de Jim Jarmusch, una de las figuras más importantes en el panorama del cine independiente estadounidense en los últimos cuarenta años, todo un cineasta de culto para muchas generaciones de seguidores del cine de todas las procedencias alrededor del mundo. En esta ocasión, nos cuenta la historia de Paterson (Adam Driver), oriundo y habitante de Paterson, un pequeño condado en New Jersey, un conductor de autobús tan calmo y noble como puede llegar a ser alguien. Jarmusch retrata la vida de este personaje bucólico desde su entrañable relación amorosa con Laura (Golshifteh Farahani), una adorable niña crecida llena de pequeñas pasiones inasibles, con diseños a blanco y negro; hasta su vida más pública, su trabajo como conductor de autobuses que se asemeja a un oidor sin sentencia de la modernidad, casi como un ser invisible que atestigua por un instante las interacciones entre los pasajeros, mientras el tiempo fluye libre en su reloj de pulso, pasando también por su refugio en el fondo de un vaso de cerveza, en el acogedor bar del barrio.

No es usual encontrar a un director que tenga un estilo tan determinado y un objetivo expresivo tan permanente como Jim Jarmusch. Su intención siempre ha consistido en construir un retrato fidedigno de la existencia misma, como experiencia, tratando de capturar de forma muy cercana el ritmo característico, la sensación precisa, el sentimiento profundo de la experiencia global que representa el estar vivo. Usualmente, sus películas funcionan cuando se logra desenvolver un mecanismo dramático interno sutil que hace que todo se eche a andar con esa cadencia tan propia de su cine. Este es el caso en Paterson, que consigue como las mejores películas de su filmografía ese retrato sensitivo de la vida como experiencia, aprovechando a la perfección las muy favorables particularidades que tiene el cine para conseguirlo. La película utiliza un sistema muy bien estructurado de momentos definitivos en la cotidianidad del personaje para comunicarnos muy efectivamente el paso poético del tiempo, con secuencias de montaje y detalles muy bien determinados. Todo se desenvuelve entre la casa, el trabajo y el bar, con preciosos intervalos de recorridos por la calle, con ese traveling lateral que es prácticamente una marca registrada de Jarmusch y que enmarca de forma casi etérea al personaje en su entorno. Paterson escribe poemas automáticos, dotados de la belleza misma de esa naturalidad espontánea, como una contemplación de las cosas que nos atrae desde todas las perspectivas. Cuando Jarmusch consigue este efecto, como ya lo ha hecho antes en películas como Mistery Train, Broken Flowers, Coffee and Cigarretes, Night on Earth y Dead Man, entre otras, es capaz de llegar a alturas muy destacadas en el panorama y en la historia del cine, particularmente en la destreza para explotar al máximo la potencialidad cinematográfica de influir sobre las emociones del ser humano.

Todo se armoniza en el cine de Jarmusch cuando logra encontrar el mecanismo dramático que impulsa sus películas. En el caso de Jarmusch, todo parte del personaje. El mecanismo consiste en la identificación del espectador con Paterson, de tal forma que podemos ver reflejada nuestra propia vida en su verdadera simplicidad, cuando nos desprendemos de ilusiones. Las altas y bajas son justamente así. La mayoría del tiempo vivimos una vida como la de Paterson, con nuestra pareja, nuestra familia, en el trabajo, con los amigos, en el bar de la esquina, paseando al perro, despertando junto a la persona que queremos. Tenemos pasiones como para Paterson lo es la poesía contemplativa que escribe, auténticamente con la satisfacción de simplemente hacerlo, igual que sumergirse en el fondo de su vaso de cerveza. No estamos exentos de grandes dramas de vida o muerte, pero verdaderamente el drama es lo que le cuenta Donny, el relevo de Paterson, cada vez que le preguntan “¿cómo estás?”, así como para Paterson es comerse un invento culinario fallido de su amada esposa, que el bus tenga una falla eléctrica, que seamos héroes innecesarios y salvemos vidas que no están en riesgo, que el perro se coma la tarea o que, en ese mismo contexto natural, aparezca un ángel milagroso que nos regrese a la paz, como un gran enviado del mejor azar. Esa es la vida. Paterson no es normal porque es él. Todos somos únicos en realidad y Jarmusch logra revelarlo para nosotros en esta película y en gran parte de su filmografía. Si somos conscientes, estamos en la nube que queremos estar. Cuando Jarmusch acierta en la relojería, son los mejores relojes del mundo. 

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